El legado del rock: ruidos que hacen historia
Pasaje 1 comenzó como una coincidencia natural entre compañeros del Colegio Sagrados Corazones, donde el taller de música y actividades extracurriculares ofrecían un espacio para que los estudiantes se reunieran después de clases y conocerían el mundo artístico como probar acordes y conversar sobre las canciones que escuchaban a diario.



Entre guitarras colgadas y una batería usada para acompañar las primeras improvisaciones, se fue formando una relación que mezclaba amistad con curiosidad artística. Sin plan formal, las sesiones comenzaron a repetirse y el grupo entendió que podía avanzar más allá del taller. Ese paso, común en la historia del rock local, aparece como un punto de quiebre: cuando el ensayo deja de ser prueba y se transforma en búsqueda. Martín Toledo recordó que el punto de inflexión llegó tras una presentación en el cumpleaños de su profesora de música. “Ahí empezamos a tomárnoslo en serio”, explicó. Desde ese momento, el grupo intensificó los ensayos, reuniéndose casi a diario durante varias horas, y comenzó a proyectarse con mayor claridad, explicó.
“En esos primeros encuentros fue increíble, además compartíamos los mismos gustos musicales, como Soda Stereo, Los Bunkers, Los Tres, esos de hecho fueron las primeras bandas que hacíamos covers”.
Juan Carlos Oñate, Guitarrista Pasaje 1
En esa referencia se sintetizó una parte del mapa penquista, es decir, influencias que conectan generaciones, Nicolás Bobar productor y manager de grandes artistas señaló que “ya me ha tocado producir a muchas bandas que cargan con este legado de grupos tan grandes y que hacen covers de esos artistas”, refirió.
Cuando terminó el año escolar y el acceso al espacio del colegio se cerró, uno de los integrantes de Pasaje 1 ofreció su casa como continuidad. La habitación era pequeña, antes una bodega, con cajas acumuladas y objetos guardados, pero se convirtió rápido en un lugar de trabajo, se despejó el suelo, se acomodaron instrumentos, se ordenó lo básico para ensayar sin interrupciones.
Allí pasaban horas componiendo, registrando ideas y discutiendo la dirección del grupo. El co-vocalista Fernando Muñoz lo resumió así “fue mi pieza que la hicimos estudio, donde pasábamos el rato y nos fuimos dando cuenta que sonábamos muy bien juntos”.


Ese recorrido —del taller de música al cuarto improvisado— no ocurre en el vacío. Concepción tiene una historia documentada de rock local que, en buena parte, se explica por su tejido social, cultural y urbano. El investigador Rodrigo Pincheira reconstruye esa trayectoria entre 1960 y 1990 como un proceso donde los protagonistas y sus espacios fueron formando un circuito propio, con prácticas y modos de creación marcados por el territorio.
Ese legado ayuda a entender por qué, aún hoy, las bandas emergentes siguen naciendo en lugares pequeños. No se trata solo de romanticismo es un modo de funcionamiento que se hereda. La escena aprende a sobrevivir con lo que tiene, a ensayar donde se pueda, a grabar cuando se pueda, a tocar donde se abra una puerta. Ese aprendizaje se transmite, aunque cambien las herramientas, aunque cambie el mercado.
Así, entre recuerdos del colegio, tardes de taller y noches largas en un estudio improvisado, Pasaje 1 dejó de ser un grupo de compañeros que tocaban por diversión y pasó a convertirse en una banda con un objetivo concreto: construir un camino propio dentro de una escena que carga historia, pero que hoy también carga presión por visibilidad.
La herencia de la primera nota
Hablar de herencia en el rock penquista no es solo hablar de bandas famosas es hablar de una forma de entender el oficio. En Concepción, el rock ha funcionado como una cadena de transmisión donde se aprende escuchando, y también mirando cómo otros resolvieron lo mismo: cómo armar una banda, cómo sostenerla, cómo tocar en circuitos locales, cómo grabar cuando no hay recursos sobrantes. Esa continuidad es parte de lo que Pincheira documenta al reconstruir décadas de escena penquista.
La evolución de la escena también se explica por la relación entre tradición e innovación. En Concepción, el circuito se expandió en distintos momentos por espacios culturales y locales, y eso permitió que el rock no fuera un género congelado sino un lenguaje en movimiento. En esa línea, Vicente Rivas, productor musical, plantea que “en Concepción el rock siempre ha salido de lugares pequeños, pero con una fuerza que termina marcando generaciones”, una idea que conecta pasado y presente como un mismo impulso que reaparece con otras caras.
“gran parte de esa fuerza surgió de la necesidad de crear desde el territorio, aprovechando los pocos recursos disponibles y priorizando la autenticidad del mensaje”.
Francisco Muñoz, ex-guitarrista del grupo Machuca
Esa frase se vuelve importante porque anticipa un problema actual los recursos siguen siendo un tema, pero ahora se suma un filtro nuevo, el digital. década de los noventa consolidó otro momento clave con bandas como Machuca, que aportaron un sonido más directo y una identidad local reconocible.

Machuca, banda de rock oriunda de Concepción formada en 1991 por Giancarlo “Huaso” Canessa (voz), Francisco “El Pollo” Muñoz (guitarra), Claudio “Basura” Infante (bajo) y Felipe “Basurita” Infante (batería), con Leonardo “León” López en guitarras en su formación actual. Imagen cortesía del grupo Machuca

Diversos investigadores de la Universidad de California, Berkeley han señalado que la autogestión en la música contemporánea va más allá de una elección estética: se ha convertido en una estructura integral del proceso creativo, donde los artistas desarrollan habilidades técnicas y organizativas para producir, distribuir y hacer circular su música de forma independiente, sin los intermediarios tradicionales. Esto marca un cambio profundo en la manera en que los proyectos musicales se sostienen en el tiempo.
Ese cambio conecta directamente con cómo se escucha música en Chile. Un informe del SERNAC sobre plataformas de streaming en Chile reporta que, entre las plataformas de música más usadas, Spotify lidera con 64,4%, seguido por YouTube con 46,0%. Según otros estudios, llegaron a resultados similares Spotify domina el consumo musical en Chile con cerca del 64% de los usuarios, muy por sobre Apple Music, que alcanza alrededor del 11%
La herencia de Concepción se enfrenta así a una tensión concreta: mantener una identidad propia sin quedar fuera del circuito principal de escucha. El rock, históricamente, construyó su reputación desde el vivo y desde el territorio; ahora debe convivir con un consumo donde la plataforma domina el acceso.
En ese cruce, Pasaje 1 aparece como un caso representativo: una banda nacida en un espacio íntimo que dialoga con una escena histórica, pero que debe proyectarse en un ecosistema donde la herencia no garantiza visibilidad.
Entre el ruido y la autogestión
La autogestión es, en Concepción, es casi un idioma común según Nicolás Bobar. Se aprende temprano porque no siempre hay rutas institucionales claras para producir, grabar o difundir. Esa práctica, que antes se resolvía con ensayos caseros y tocatas locales, hoy incorpora una capa tecnológica: grabación doméstica, edición digital y estrategia de publicación, reflexionó Bobar.
La escena emergente trabaja con recursos limitados, pero con decisiones constantes que exceden lo estrictamente musical. Ensayar no es solo tocar, sino organizar tiempos, compartir equipos y sostener rutinas; grabar implica aprender software, mezclar, corregir y volver a intentar. Desde la producción musical, Nicolás Bobar observó que que “estas dinámicas forman parte de un aprendizaje estructural que hoy define a muchas bandas jóvenes, donde el proceso creativo está directamente ligado a la organización independiente del proyecto.decisiones constantes, comentó Bobar.


La autogestión también se cruza con un problema de fondo que es la era del streaming, la música compite por atención de manera permanente. A nivel global, los reportes de la industria muestran que el streaming por suscripción es hoy el motor dominante del mercado discográfico, con crecimiento en ingresos por suscripciones pagadas según IFPI. Este dato no “explica” la escena penquista por sí solo, pero sí define el terreno donde ahora se juega gran parte de la circulación musical.
En Chile, además, el uso de internet para actividades recreativas incluye escuchar música por servicios de streaming. La Subtel, en su informe de acceso y uso de internet (2024), registra la actividad “descargar o escuchar música en línea por servicios de streaming (como Spotify)” dentro del bloque de actividades recreativas. Esto refuerza el punto: el hábito de escucha digital ya está instalado como práctica cotidiana, y las bandas deben adaptarse a ese consumo.
Para conocer más detalles de este informe, haz clic aquí.
La autogestión, entonces, no se limita a hacer música, sino a sostener un proyecto completo en el tiempo. Diseñar identidad visual, preparar material, grabar, publicar, mover redes y gestionar fechas forman parte del trabajo cotidiano. Desde el análisis cultural, distintos investigadores coinciden en que esta ampliación de tareas redefine el rol del músico contemporáneo, que deja de ser solo intérprete para convertirse en gestor integral de su propia obra.
En esa ruta aparece otro conflicto: el aumento del trabajo no siempre se traduce en mejores condiciones materiales. El estudio Cantando para el algoritmo, presentado en la Universidad Adolfo Ibáñez y difundido por La Tercera, recoge la percepción de músicos chilenos respecto a las plataformas digitales, evidenciando tensiones entre visibilidad, sostenibilidad económica y remuneración. Este marco permite comprender por qué la autogestión, aunque necesaria, también se experimenta como una carga.
Así, entre ruido y autogestión, el rock penquista actual se organiza para existir más que para destacar. No solo para tocar, sino para mantenerse activo en un ecosistema cambiante. Como advierten estudios sobre industrias creativas, la continuidad de los proyectos hoy se juega tanto en el ensayo y el escenario como en la capacidad de circular, ser encontrado y permanecer visible en entornos digitales dominados por algoritmos.



El escenario REC: cuando la escena local se vuelve multitud
El REC, Rock en Conce, se ha consolidado en la última década como uno de los festivales musicales más relevantes del sur de Chile. Nacido en Concepción y organizado actualmente con apoyo del Gobierno Regional del Biobío, el evento se ha transformado en un espacio clave para la circulación de música nacional e internacional, reuniendo a miles de personas en torno a un escenario gratuito y abierto a la ciudad.
Desde su creación, el REC ha buscado visibilizar el carácter histórico de Concepción como territorio musical. Según información oficial del festival, por sus escenarios han pasado artistas y bandas como :
- Los Tres
- Los Bunkers
- Chancho en Piedra
- Lucybell
- Ana Tijoux
- Gepe
- Javiera Mena
- Julieta Venegas
- Joe Vasconcellos
- Inti Illimani Histórico
Esta convivencia entre trayectorias consolidadas y nuevos proyectos convierte al REC en una vitrina simbólica. No se trata solo de un festival masivo, sino de un espacio donde la historia del rock penquista dialoga con su presente. Para muchas bandas jóvenes, compartir cartel con referentes nacionales representa un reconocimiento dentro del circuito musical chileno.
El REC también marca un cambio en la relación entre música y territorio. A diferencia de otros eventos cerrados, el festival se instala en espacios públicos, integrando parques, calles y explanadas como parte del recorrido cultural de la ciudad. Esta apertura refuerza la idea de que la música en Concepción no pertenece a un nicho, sino a una comunidad amplia y diversa.


Festival REC 2025. Imagen de cortesía de gore.biobio. Licencia Creative Commons con atribución obligatoria, utilizada con fines informativos en este reportaje.
En ese contexto, el escenario REC aparece como un horizonte para las bandas emergentes. No como una meta individualista, sino como un punto de llegada colectivo que valida procesos largos de ensayo, autogestión y circulación local. Estar en el REC implica haber sostenido un proyecto en el tiempo y haber logrado conectar con audiencias más allá del circuito íntimo.
Para Pasaje 1, el REC se instala como una referencia concreta dentro de su proyección. La banda creció escuchando historias de ediciones anteriores y viendo cómo proyectos locales lograban ocupar ese espacio. En ese sentido, el festival funciona como una extensión del recorrido que comenzó en salas pequeñas y piezas adaptadas como estudio.
La importancia del REC también radica en su capacidad de articular escena. Al reunir en un mismo evento a músicos, productores, técnicos y público, el festival refuerza redes que luego se trasladan a otros espacios culturales de la ciudad. El musicólogo Juan Pablo González, especialista en música popular chilena, sostiene que este tipo de festivales funcionan como plataformas de encuentro que permiten consolidar circuitos culturales estables, donde la música no se agota en el evento puntual, sino que se proyecta en el tiempo y fortalece la vida musical local.
Así, el REC no reemplaza el trabajo cotidiano de las bandas, pero sí lo amplifica. Se convierte en un escenario donde la historia del rock penquista se hace visible a gran escala, y donde proyectos como Pasaje 1 pueden imaginar su futuro dentro de una escena que, aunque cambiante, sigue encontrando en Concepción un lugar para crecer.
El futuro amplificado: proyección y legado
El living es pequeño y está desordenado, con cables apoyados contra la pared y una guitarra recostada sobre un sillón. Los integrantes de Pasaje 1 conversan entre risas, interrumpiéndose unos a otros mientras recuerdan ensayos y presentaciones pasadas. En ese ambiente cotidiano, lejos del escenario, aparece la pregunta por el futuro.
Para Nicolás Bobar, director y productor musical, el escenario que viene está marcado por transformaciones profundas. “El futuro de la música está directamente ligado a la capacidad de los proyectos para adaptarse a un entorno cambiante, donde la creación artística convive con plataformas digitales y nuevas formas de circulación”, señala.
La conversación se desplaza desde lo técnico hacia lo emocional. Sentada con las piernas cruzadas en el sillón, Eugenia Martínez escucha atenta mientras los demás comentan ideas. Para ella, el crecimiento del proyecto no se mide solo en cifras o escenarios. “Todo empezó casi de la nada y después se fue creando un grupo realmente hermoso”, afirma la vocalista de Pasaje 1.
En una pausa breve, Martín Toledo se inclina hacia adelante y recuerda el momento en que el grupo comenzó a pensar a largo plazo. Evoca una presentación en el cumpleaños de su profesora de música como un punto de inflexión. “Ahí empezamos a tomárnoslo en serio, a soñar, a ensayar día tras día, muchas horas, y a preguntarnos qué queríamos lograr de verdad”, relató.



El futuro también se discute desde la experiencia profesional. Nicolás Bobar, observó que muchas bandas emergentes cargan con un legado potente, pero que hoy ese legado no basta por sí solo. “La herencia no es solo estética, también es estructural está en la autogestión, en la forma de organizarse y de sostener un proyecto en el tiempo”, explicó.
En ese mismo espacio, Felipe Pinto y Fernando Muñoz comentaron cómo la idea de llegar a escenarios más grandes dejó de ser un sueño abstracto para convertirse en un horizonte posible. Sentados alrededor de una mesa baja, coinciden en que el objetivo no es solo tocar frente a más personas. “Queremos que la música conecte, que no sea solo mostrarse, sino encontrarse con el público”, señalaron.
La escena final es simple, el grupo se levanta, alguien toma la guitarra y comienza a tocar suavemente mientras los demás escuchan. No hay escenario ni público, solo un espacio de risa y recuerdos compartidos donde la música vuelve a su punto de partida.










