El chillido agudo de una gaviota dominicana rompe el silencio en una sala de procedimientos que huele a desinfectante y tensión. No tiene nombre, ni collar, ni un dueño que explique qué le pasó. Aquí, a diferencia de una clínica convencional, el paciente no busca consuelo; busca sobrevivir a la ciudad.

En los centros de rehabilitación de fauna silvestre del Biobío, la medicina es una carrera contra el tiempo y la desinformación. El paciente silvestre llega sin historia clínica, una “hoja en blanco” que los veterinarios deben descifrar basándose únicamente en las heridas visibles y el instinto.
Helena Henríquez, médica veterinaria, lo define con claridad: el abordaje es diametralmente opuesto al de una mascota. Mientras un perro se beneficia del contacto humano, para un zorro o un rapaz, la manipulación excesiva puede significar la muerte o la condena al cautiverio perpetuo.
“Un examen físico, que es lo primero que uno hace con un animal doméstico, no lo puedes realizar con un animal silvestre porque no puedes manipularlo”, explica Henríquez.
El estrés mata, y el contacto debe ser casi nulo o bajo sedación estricta para evitar que el animal se acostumbre al humano.
Este es el primer mandamiento de la rehabilitación: la distancia es amor. Si un animal silvestre pierde el miedo al humano, su reinserción en la naturaleza se vuelve imposible. Es una paradoja cruel donde el cuidador debe reprimir el cariño para salvar al paciente.

Una amenaza llamada “desarrollo”
La sala de espera de estos centros es un espejo de nuestra expansión urbana. Atropellos, choques contra ventanales y enredos en alambres de púas son las causas que se repiten en las fichas de ingreso, especialmente en aves rapaces nocturnas que pagan el precio de nuestro avance.



Sin embargo, existe un depredador introducido que causa estragos silenciosos: la tenencia irresponsable de mascotas. Perros y gatos, dejados a su suerte o sin supervisión, se han convertido en la principal amenaza biológica para la fauna nativa de la región.
“Los perros hacen jaurías y atacan a los animales”, detalla Henríquez. La imagen es brutal: pudúes, pequeños ciervos nativos, llegan destrozados no por depredadores naturales, sino por las mascotas de quienes colonizan los espacios rurales bajo la bandera de la “parcelación de agrado”.
Cristián Herrera, fundador del Centro Ñacurutú, confirma que la pérdida de hábitat por la parcelación masiva es el motor de esta crisis. Al llegar el asentamiento humano, llegan sus mascotas, y el equilibrio ecológico se rompe, dejando a la fauna local acorralada y sin corredores biológicos.
El gato doméstico, ese compañero de sofá, se transforma en una máquina de caza letal al salir de casa. “La idea es tenerlos 100% indoor”, enfatiza Henríquez, pues su impacto sobre aves, reptiles y roedores nativos es devastador e invisible para sus dueños.
A esto se suma la ignorancia bienintencionada. En temporada de primavera-verano, el centro se llena de “secuestros“: personas que recogen polluelos volantones pensando que están abandonados, cuando en realidad sus padres los vigilan desde cerca mientras aprenden a explorar.
Miguel Obando, veterinario voluntario en Ñacurutú, relata cómo la gente saca a estos animales de su hábitat y los lleva a rehabilitación totalmente sanos. “La gente los saca sin saber”, lamenta, convirtiendo un proceso natural de aprendizaje en una hospitalización innecesaria.


La trinchera de la rehabilitación: Ñacurutú y CEREFAS
En la región del Biobío, la defensa de la fauna recae en hombros voluntarios y académicos. El Centro de Rehabilitación de Fauna Silvestre (CEREFAS) de la Universidad San Sebastián y el Centro Ñacurutú son dos de los pocos bastiones existentes.

Centros de rehabilitación de fauna silvestre en el Biobío
El CEREFAS nació de una catástrofe, el derrame de petróleo en la bahía de Talcahuano en 2007. Fabián Hernández, encargado del centro, recuerda que la necesidad de limpiar y salvar pingüinos y cormoranes empujó a la academia a formalizar un espacio de respuesta.
Hoy, este centro universitario no solo cura, sino que forma. Estudiantes como Benjamín Sanhueza aprenden allí a “soltar la mano”, enfrentándose a la realidad práctica de poner vías y limpiar heridas en especies que no aparecen en los libros de clínica menor.
Por otro lado, Ñacurutú representa la autogestión pura. Fundado por Cristián Herrera en 2019 en el patio de su propia casa en Coliumo, Tomé. El centro ha crecido a pulso, sumando jaulas y voluntarios motivados por una vocación que excede los recursos disponibles.
La medicina en la fauna silvestre
La diferencia fundamental en la atención veterinaria comienza en el momento del ingreso, puesto que a diferencia de las mascotas, los animales silvestres llegan sin historial clínico y, en la mayoría de los casos, presentando patologías derivadas de interacciones negativas con el ser humano. Según la veterinaria Helena Henríquez, la mayoría de las veces vienen por trauma, destacando que se dan mucho los atropellos y ese tipo de incidentes, lo que genera una alta demanda de medicina de urgencia con un pronóstico incierto.
En la medicina de fauna silvestre, la escasez de infraestructura especializada es una constante, mientras que en la medicina humana o de mascotas un banco de sangre es un recurso estándar. En el caso de los animales silvestres es todo lo contario, los médicos tienen que buscar otras alternativas. Para un paciente crítico como un pudú atropellado con hemorragia masiva, esta infraestructura no existe a nivel nacional.
La escasez obliga a innovar en la medicina de fauna silvestre, puesto que un banco de sangre no es un recurso estándar para ellos. Ante un caso crítico, como un pudú con hemorragia masiva por atropello, esta carencia es un desafío técnico que el equipo busca superar. Herrera explica que la meta es crear un precedente médico regional, “Queremos tratar de ver cómo poder tener por lo menos unas unidades de bolsa de sangre”. El objetivo es recolectar sangre de pacientes sanos para salvar a los críticos, innovando así los protocolos médicos.
El caso de un pudú gravemente herido, como uno atropellado que llega con hemorragia masiva, ilustra de manera directa la diferencia fundamental entre la medicina doméstica y la de fauna silvestre.
Puesto que la medicina de fauna no cuenta con recursos que son básicos en otros campos. Para un pudú en estado crítico, no existe tal cosa a nivel nacional, como un banco de sangre. Esta escasez obliga a los profesionales a ser creativos y a buscar soluciones inmediatas.
Los insumos médicos básicos, como jeringas, vías y antibióticos, son los mismos que en humanos, pero las dosis y la anatomía cambian radicalmente, exigiendo un abordaje altamente especializado. Si bien una vena de zorro puede asemejarse a la de un perro, la inserción de una vía en un ave rapaz requiere una precisión milimétrica debido a su estructura vascular especializada.

El manejo del dolor y el estrés es vital y requiere protocolos adaptados a la especie. Al ingresar, a las aves se les cubren los ojos con caperuzas o mantas. “Disminuimos mucho el estrés”, explica Obando. El voluntario detalla que privarles de la vista momentáneamente las calma, permitiendo un examen clínico seguro y priorizando el bienestar animal en un entorno de alto estrés.
La seguridad del personal también es una consideración crucial, ya que las garras diseñadas para desgarrar presas pueden causar lesiones graves. El uso de guantes de cuero es obligatorio, una barrera física necesaria para proteger al equipo médico en esta interacción interespecie.
La lesión física es solo la mitad del problema, Fabián Hernández, profesional a cargo del Cerefas, destaco que la rehabilitación debe incluir la mente del animal. El objetivo de la terapia es que el paciente recupere su rechazo instintivo al ser humano, una condición indispensable para su futura liberación.
“Trabajamos con el estado mental, que el animal vuelva a ser animal”, Fabián Hernández, profesional a cargo del Cerefas
Para los estudiantes y el personal, el desafío es fundamentalmente ético, puesto que deben aprender a mantener la frialdad clínica y evitar el apego. Hernández subraya la necesidad de ser estricto, “tienen que olvidar que un ave rapaz no se trata como un gatito”.
Ese “pequeño cariño” egoísta podría sabotear la rehabilitación y condenar al paciente a una vida de dependencia. “El caso más difícil es el caso en que tú te afirmas emocionalmente”, admite Hernández. Casos carismáticos como pingüinos o pudús ponen a prueba la disciplina necesaria para tomar decisiones difíciles, como la eutanasia, cuando la calidad de vida ya no es viable para la especie.
El camino hacia la libertad
Para que un animal sea liberado debe valerse por sí mismo, lo que significa; debe volar sin dificultades, cazar, tener rechazo a los humanos, asegurando que pueda sobrevivir independientemente en su hábitat. Y por ultimo se realizan “pruebas de caza” para certificar que el instinto depredador sigue intacto.
Según el médico veterinario, Miguel Obando, aproximadamente el 60% de los ingresos logra recuperarse en condiciones óptimas para la liberación en el centro Ñacuratú. El resto fallece en el proceso o queda con secuelas que impiden su retorno a su hábitat natural, siendo derivados a centros de exhibición o muchas veces los mismos centros de rehabilitación deciden quedárselos.
Un ejemplo claro de esta situación se observa en los búhos concón que permanecen actualmente en el centro. uno de ellos quedó con una lesión irreversible en el ala, lo que limita su capacidad de vuelo y hace inviable su regreso al hábitat natural. El otro, pese a haber sanado físicamente, se habituó demasiado al contacto humano, lo que redujo sus posibilidades de reintegrarse con éxito a la vida silvestre. Por estas razones, ambos quedaron bajo el cuidado permanente del centro de rehabilitación Ñacuratú.

Aquí entra en juego la Corporación Nacional Forestal (CONAF). Julián Reyes, jefe de conservación, explico que las áreas silvestres protegidas del Estado actúan como las “unidades receptoras” finales de estos pacientes recuperados.
El parque nacional Nonguén y el parque nacional laguna del Laja son los principales escenarios de estas segundas oportunidades en el Biobío. Allí, lejos de carreteras y perros, se intenta restaurar el ciclo natural.
Sin embargo, existe una “brecha tecnológica” frustrante. Una vez que se abre la jaula y el animal corre hacia el bosque, se pierde el rastro. “No tenemos los medios para poder aplicar esa tecnología”, reconoce Reyes sobre la falta de GPS o chips de seguimiento.
“Yo no sé si es una dificultad, pero sí una brecha, es el poder hacer seguimiento a las especies reintroducidas. No contamos con la tecnología para poder aplicar ese tipo de seguimiento”,
explico Reyes.
Sin monitoreo, es imposible saber si el animal sobrevivió una semana o un año, la reinserción es un acto de fe científica, basado en la selección cuidadosa del hábitat pero ciego ante el desenlace final del individuo.
El equilibrio ecológico es delicado. CONAF debe asegurar que no haya sobrepoblación en el punto de liberación. Las especies territoriales no pueden ser liberadas en zonas ya saturadas, pues acabarían muriendo por competencia intraespecífica.
Un ecosistema en la balanza
A pesar de las dificultades, el trabajo continúa porque la alternativa es el colapso. “Si desaparecen ciertas especies, el ecosistema se muere y nosotros nos tenemos que volver a adaptar”, advierte Fabián Hernández con gravedad.
Las aves rapaces controlan plagas de roedores; los zorros dispersan semillas. Cada paciente salvado es una pieza funcional de un engranaje que nos mantiene vivos también a nosotros. “Nos estamos salvando a nosotros”, reflexiona el académico.
La educación ambiental emerge como la única vacuna a largo plazo. Ñacurutú y CEREFAS realizan charlas, reciben pasantes y utilizan sus redes sociales para transformar la curiosidad en respeto y conocimiento.
“La gente está mucho más concientizada”, observa Hernández, notando un cambio cultural. Hoy hay más avisos oportunos y más interés, aunque falta mucho para que la convivencia entre urbe y naturaleza sea armónica.
El tráfico ilegal de fauna sigue siendo una sombra. Loros robados de nidos o capturados adultos llegan a los centros, víctimas de un mercado negro que comercializa la biodiversidad chilena como adornos domésticos.

Ante un hallazgo de fauna herida, el protocolo es claro: no intervenir, no alimentar y llamar al SAG. La buena intención sin conocimiento técnico suele agravar las lesiones o generar impronta irreversible.
Los quiques, mustélidos feroces y escurridizos, son de los pacientes más difíciles e inusuales. Su manejo es complicado, recordándonos que la naturaleza salvaje no está hecha para nuestras manos.
Ante el hallazgo de fauna silvestre herida, las autoridades recomiendan:
- No intervenir ni intentar curar al animal.
- No alimentarlo ni darle agua.
- Evitar el contacto directo para no generar impronta.
- Mantener distancia y reducir estímulos (ruidos, personas, mascotas).
- Dar aviso inmediato al Servicio Agrícola y Ganadero (SAG).
La deuda pendiente
La labor de estos centros suple una carencia estructural del Estado chileno. Funcionan como una red de seguridad tejida con vocación, alambres reparados y rifas solidarias, enfrentando una marea creciente de pacientes.
Benjamín, desde su perspectiva de estudiante, ve en el CEREFAS una oportunidad única de formación, pero también reconoce la fragilidad del sistema. Si falta uno de los tres centros de la región, la capacidad de respuesta colapsa.
La “Urgencia Silvestre” no tiene luces de neón ni salas de espera climatizadas. Tiene olor a bosque, jaulas construidas a mano y profesionales que entienden que salvar a un pudú es un acto de resistencia contra nuestra propia expansión desmedida.
“Debemos protegerlos a ellos, no por egoísmo… sino con una mirada altruista de que están aquí desde mucho antes”, concluye Hernández. Es un recordatorio de humildad frente a quienes eran los dueños de casa antes de que pusiéramos el primer ladrillo.
Mientras la ciudad duerme, en las jaulas de Ñacurutú y CEREFAS, decenas de ojos brillantes esperan su segunda oportunidad. Su destino depende de que entendamos, finalmente, que no somos los únicos habitantes de este territorio.
La próxima vez que veas una gaviota o un zorro, recuerda que su presencia es un test de nuestra salud ambiental. Y si están heridos, hay un ejército invisible de batas blancas y guantes de cuero luchando para que vuelvan a casa.











