Mukbangs: el exceso como espectáculo 

En Tiktok, son más de cinco millones de videos los que muestran a creadores ingiriendo cantidades desmesuradas de comida bajo el hashtag #Mukbang. “Estamos hablando de un consumo tan exagerado que duplica o triplica el requerimiento calórico diario, solo por fama”, alerta la nutricionista experta en psico nutrición y Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA), Rocío Cares. 

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Una mesa repleta de comida y focos led apuntando hacia el centro de la escena. Hamburguesas dobles apiladas en torres, kilos de papas fritas bañadas en queso cheddar, tarros de pollo frito, salsas de todo tipo y bebidas azucaradas de medio litro. Todo lo que podría alimentar hasta incluso cinco personas, se encuentra dispuesto para el espectáculo. Hacia la cámara, Nicholas Perry (31), más conocido como Nikocado Avocado, esboza una sonrisa en su cara pálida oculta por una máscara de oxígeno que su único fin es permitirle seguir comiendo, acomoda su cuerpo voluminoso frente a la pared blanca y presiona “grabar”. 

Mira fijamente al lente del celular con expresión de orgullo por la montaña de comida que tiene frente a él, por la extravagancia de la situación y, quizás, por lo que está a punto de hacer. No hay guion, ni diálogo previo, solo el rito. Entonces, el sonido entra en la sinfonía de los sentidos. El crack del primer mordisco, el slurp de la gaseosa y la respiración cada vez más entrecortada entre mordisco y mordisco que ensucia su cara, ropa y manos. El show recién ha comenzado. 

Así es una grabación normal de Nikocado y así son también los otros miles de videos que circulan en diversas plataformas digitales. En YouTube, por ejemplo, algunos contenidos acumulan incluso hasta 160 millones de reproducciones. Para esto, no se necesita mucho. La fórmula es sencilla: una persona, una cámara y una cantidad descomunal de comida que es consumida únicamente con las manos. La estética es íntima, casi confesional, como si el espectador estuviera sentado justo al frente, compartiendo el momento. Pero el rostro del protagonista aparece a ratos ahogado entre cada mascada, casi como si él mismo fuera el que está siendo consumido por el gran banquete que lo rodea.

Los orígenes del trend

El Mukbang, fusión de las palabras coreanas “muk-ja” (comer) y bang-song (transmisión), es un tipo de contenido que surgió en Corea del Sur a inicios de la década del 2010 como una forma de acompañar virtualmente a quienes comen solos. En su versión original, los anfitriones comían de forma relajada y conversaban con su público para generar cercanía. Las transmisiones, hechas desde pequeñas cocinas o dormitorios, mostraban a una persona comiendo mientras respondía en vivo a los comentarios del chat. No había espectáculo, sino compañía. Era, en el fondo, un intento inocente de simular la mesa compartida.

Sin embargo, el algoritmo actual no premia la moderación. Con la viralización del formato en diversos países gracias a la hiper conectividad, el formato evolucionó hacia un acto de excesos, centrado en lo visual, lo impactante y lo grotesco. 

Hoy, en Tiktok, Instagram y YouTube, miles de creadores transmiten sus atracones diarios a millones de espectadores. El internet aclama lo sorprendente, mientras más desproporcionado sea el contenido, más posibilidades tiene de volverse viral. El cuerpo se transforma en máquina de ingesta y la cámara en juez, verdugo y cómplice.

Viralidad vs vitalidad

Desde la nutrición clínica, el diagnóstico es rotundo. Los mukbangs no solo rompen cualquier pauta alimentaria saludable, sino que normalizan una conducta que, en sí misma, es una expresión alterada de una relación no sana con la comida. Así lo advierte Rocío Cares, nutricionista especializada en psiconutrición y TCA, quien observa con preocupación la expansión de este tipo de contenidos.

“La producción de este formato se liga a ignorar por completo las señales de hambre y saciedad. Se relaciona con el desconectarse del cuerpo al punto de anular los límites fisiológicos”, explicó. Esa desregularización, sostiene, no es puntual y si se vuelve habitual, se instala crónicamente, alterando el sistema de señales que regula el apetito. 

Las consecuencias, según Cares, son múltiples. En el momento mismo del hecho, pueden aparecen molestias físicas intensas como distensión abdominal severa, náuseas, reflujo e incluso riesgo de asfixia si la velocidad o cantidad desborda el control motor. Por otro lado, a mediano o largo plazo, continúa Cares, pueden desarrollarse afecciones como hígado graso, resistencia a la insulina, crisis de gota e incluso colapsos en órganos de personas con patologías preexistentes. “Cuando se consume el triple de los requerimientos energéticos en una sola comida, como se ve en los mukbangs, el cuerpo queda desbordado”, enfatiza con un tono preocupado.

El cuerpo contra la mente

Asimismo, para la psicóloga clínica y experta en TCA, Geral Jofré, el impacto no se limita únicamente al plano físico. La visualización constante de este tipo de contenidos, según ella, puede reforzar creencias distorsionadas sobre la alimentación, el cuerpo y activar múltiples conductas de riesgo. Una de ellas, es la comparación entre el cuerpo del creador del video y lo que está comiendo. Si se trata de una persona delgada, por ejemplo, surge la idea de que “puede comer todo eso sin engordar” o, en el caso contrario, “cómo es posible que alguien con un cuerpo tan grande coma sano”. Según la experta, estas observaciones, aparentemente inofensivas, abren paso a pensamientos rígidos y dicotómicos, que clasifican a los alimentos como “buenos” o “malos” y relacionan esta categoría con el valor del cuerpo que los consume. 

Según Jofré, esta tendencia favorece la moralización de la comida. La mayoría de los mukbangs utilizan preparaciones etiquetadas culturalmente como chatarra o prohibida (como pizzas, hamburguesas y frituras). “Pero ¿qué pasaría si fueran bandejas llenas de brócoli o arroz integral? Probablemente no obtendrían ni una fracción de las vistas”, reflexiona la psicóloga. El interés no está solo en el exceso, sino también en lo transgresor. En lo que se supone que no deberíamos comer. Para ella, el daño es claro: “Este tipo de contenido influye directamente en la aparición y mantención de trastornos alimenticos. Primero, porque normaliza conductas desreguladas de alimentación que pueden parecer divertidas o aspiracionales. Y segundo, porque se desconecta del impacto emocional real del acto. No se ve lo que pasa después de la cámara, ni se cuestiona cómo esa ingesta afecta a quien graba ni a los millones que miran y pueden imitarla”, argumenta. 

Lo más delicado, añade, es que estos contenidos llegan a audiencias jóvenes que todavía están desarrollando sus vínculos con los productos alimenticios. La repetición de imágenes donde se pierde por completo el control sobre lo que se ingiere, dentro de un marco de entretenimiento, puede instalar en niños, niñas y adolescentes modelos profundamente distorsionados de relación con la comida. “Se vuelve imposible para alguien joven entender qué es realmente una alimentación libre, intuitiva y respetuosa”, concluye.

¿Qué pasa cuando el cuerpo colapsa?

Actualmente existen miles de canales dedicados exclusivamente a este tipo de contenido, acumulando audiencias millonarias en todo el mundo. Zach Choi ASMR suma más de 32 millones de suscriptores; Kani Mukbang, alrededor de 5 millones; y Nikocado Avocado, 4.6 millones. Lo anterior, evidenciando en cifras el magnetismo de este nuevo formato.

Pero en estos casos, la fama no garantiza salud. El 7 de marzo de este año, Efecan Kultur, un creador de contenido turco de 24 años, murió tras complicaciones derivadas de su obesidad, alimentada por años de grabar mukbangs extremos. Pasó 90 días hospitalizado, postrado y conectado a ventilación asistida por su movilidad reducida. Su caso activó las alertas en países como Turquía y China, que han impulsado advertencias y debates legislativos para regular un fenómeno que ya ha cobrado más de una vida, incluyendo la de otro influencer, Pan Xiaoting, en 2024. 

La mesa puesta en Chile

Pero esta dinámica no solo ha tenido un auge global, sino que también ha comenzado a instalarse de forma progresiva en Chile. Carolina Lourdes (27), influencer de comedia radicada en Santiago, es también hoy reconocida como la primera chilena en incursionar en este formato. Desde abril del presente año, sus videos le han permitido sumar más de 11 mil seguidores en su nueva cuenta de Tiktok, dedicada únicamente a grabaciones de este tipo.

Su motivación, cuenta, fue la curiosidad por un formato que había visto en creadoras extranjeras y la idea de probar algo nuevo. “Me llamaban mucho la atención los perfiles de las gringas que lo hacían y me di cuenta de que no había visto gente haciendo este contenido acá. Yo suelo pedir grandes porciones por Uber eats y un día pensé en que quizás podía comenzar a hacer algo diferente que me gusta, como es el comer”, relata.  

Si bien asegura que incluso consume más de lo que realmente postea, reconoce que la dinámica de grabación transformó su relación con la alimentación. “Al sentarme con el spot de grabación, ordenar mi plato para que se vea apetitoso, poner el aro de luz y hacer pausas en cada mascada, estoy más pendiente de grabar que de acordarme que estoy comiendo. He sentido que disfruto menos la comida… por eso pido preparaciones por delivery para grabar y otras para disfrutar sin presión”, admite Lourdes. 

Consciente del impacto que puede tener este contenido, Carolina dice moderar las porciones que muestra. “Creo totalmente que no es contenido que sume en la alimentación de las personas. Por eso trato de no mostrar grandes cantidades, sino porciones normales y solo dos veces por semana. También aclaro en mis publicaciones que entreno cinco veces a la semana y mantengo un equilibrio” explica. Pero no todo es aceptación. Lourdes confiesa recibir críticas constantes por su forma de masticar, respirar e incluso por su apariencia. “Me han llegado comentarios sobre cómo como, si vomito la comida e incluso por el cómo me veo. No me afectan mucho porque quienes me siguen, me defienden (…) Entiendo que es un contenido controversial y que no es para todos. Lo acepto así”, concluye. 

“Hay algo hipnótico en verlos comer” 

Martín Zabala (19) describe su interés por los mukbangs como algo difícil de explicar en palabras simples. “Hay algo que te atrapa. No lo sé, es raro. A veces me da asco y sigo mirando igual. Creo que es por cómo comen y se descontrolan. Eso igual hace que uno quiera ver qué va a pasar o si se lo puede comer todo”, narra el estudiante de sociología que ve sagradamente al menos uno de estos videos al día.  

A pesar de aquello, Zabala reconoce que parte del atractivo está en el exceso y en el morbo que se genera. “Todo se ve grotesco y mucho más contundente que en la vida real. Se manchan, hacen ruido y pelean con la comida… Yo diría incluso que parece una guerra”, asegura con una expresión de emoción en su cara. Para él, los mukbangs funcionan como una manera de entretención. Un espacio donde se junta el placer y el desagrado. Un momento de intimidad que genera tensión incómoda y que, también, es difícil de dejar de mirar. 

Así como Martín, hay miles que observan este contenido sigilosamente, atentos a cada movimiento, mordisco y palabra. “En un contexto donde Chile lidera las cifras de obesidad en Sudamérica y dónde uno de cada cinco adolescentes a nivel nacional presentan riesgo de trastorno de conducta alimentaria, la proliferación de este tipo de contenidos plantea preguntas sobre responsabilidad y regulación”, reitera Jofré. 

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