Chile genera anualmente más de 572 mil toneladas de residuos textiles, según el Ministerio del Medio Ambiente (2024). De ese volumen abrumador, menos del 1% se recicla efectivamente, mientras que el 73% termina en vertederos (Universidad de Chile, 2023).
La cifra no solo números en un informe gubernamental, son montañas reales de ropa acumulándose en el desierto de Atacama, son micro plásticos infiltrándose napas subterráneas y son recursos hídricos consumidos en cantidades industriales para producir prendas que apenas durarán una temporada.
El Gran Concepción no es ajeno a esta realidad. Como comuna consumidora más que productora, la región participa activamente en este ciclo de degradación a través de sus hábitos de compra. Los malls penquistas replican el mismo esquema global al ofrecer ofertas permanentes, tener rotación rápida y una variedad abrumadora. En medio de ese ecosistema comercial, miles de jóvenes toman decisiones diarias que tienen consecuencias ambientales que apenas alcanzan a dimensionar.

Consumidores saliendo de H&M. Créditos: J.V
El precio de la conveniencia
Beatriz Riquelme tiene 21 años y su closet cuenta una historia que se repite en miles de hogares penquistas.
“Yo suelo comprar muchas veces en esas tiendas, de hecho, la mayoría de mi ropa diría yo que es fast fashion”, admite.
Beatriz Riquelme, consumidora.
Su motivación principal no es un misterio: el precio. En un contexto donde el presupuesto estudiantil es limitado, las ofertas de cadenas como Shein resultan prácticamente irresistibles. La ecuación es tentadoramente simple. Donde una polera en una tienda convencional puede costar 15 mil pesos, en fast fashion se consigue por menos de 5 mil. La variedad, además, es casi infinita.
Cada día aparecen nuevos modelos, nuevos estilos, nuevas posibilidades de reinventar el closet sin vaciar la cuenta bancaria. Para una estudiante universitaria, esa accesibilidad económica no es un lujo sino una necesidad práctica.
Pero detrás de esos precios bajos se esconde una realidad que la etiqueta no revela. ModaChile (2024) documenta que la industria textil es responsable del uso intensivo de agua y la contaminación química generada por procesos de producción que se desarrollan en países donde las regulaciones ambientales son flexibles u las condiciones laborales, cuestionables. El verdadero costo de esa polera de 5 mil pesos se paga en otros territorios, se acumula en otros ecosistemas, se hereda a otras generaciones.

Frontis tienda H&M. Créditos: J.V.
En Concepción, donde el mundo del mall funciona como espacio de socialización juvenil, esta dinámica se intensifica. No se trata solo de comprar ropa sino de participar en una cultura, de pertenecer a un grupo, de estar al día con códigos que cambian a velocidad digital.
El despertar incomodo
Florencia Leon Arratía es ingeniera ambiental y su tesis abordó precisamente la percepción de la población de Concepción sobre los impactos ambientales de la industria textil. Sus hallazgos no son alentadores, pero tampoco sorprendentes:
“Muchas personas no tenían idea del nivel de impacto que ha alcanzado la industria textil”. La ignorancia, en este caso, no es ingenua, sino sistemática.
Su investigación se centró en las etapas de consumo y post consumo, precisamente porque la ciudad penquista no es una comuna productora, sino consumidora. La relevancia de este enfoque es clara, si los habitantes no participan directamente en la fabricación, sí lo hacen decisivamente en el consumo y, sobre todo, en el desecho. Cada prenda comprada iniciaría tarde o temprano un viaje hacia la basura, y ese destino final tienen consecuencias tangibles.

Vestuario sección hombre. Créditos: J.V
La Vida Moderna (2024) documenta el impacto específico en la región del Biobío, en donde el excesivo uso de agua y la contaminación por materiales sintéticos afectan recursos hídricos que ya enfrentan múltiples presiones. Además, un estudio de la Universidad del Desarrollo señala que más del 60% de la ropa de fast fashion contiene fibras derivadas del petróleo, como el poliéster, que tardan hasta 200 años en degradarse (Repositorio UDD, 2019)
Durante ese proceso de descomposición, estas fibras liberan micro plásticos que se infiltran en suelos y fuentes de agua, incorporándose eventualmente a la cadena alimentaria. La contaminación no se ve, no se huele, no genera titulares inmediatos. Pero se acumula, silenciosa y persistentemente, en un proceso que tomará siglos revertir.
El desierto como espejo
A más de mil kilómetros al norte de Concepción, el desierto de Atacama se ha convertido en un símbolo más dramático de esta crisis. Swissinfo (2021) reporta que Chile recibió alrededor de 156 mil toneladas de ropa usada ese año, de las cuales un 60% terminó en vertederos del norte del país.
Montañas de prendas se acumulan formando paisajes surrealistas donde la arena se mezcla con telas de todas las marcas del mundo que llegan al país. Y cada etapa de este recorrido tiene su impacto:
Daniel Soto, dueño de la tienda Mui Chic en Concepción, conoce bien esta realidad, “Hay una gran deuda de nosotros como ciudadanos, en definitiva, de paso por este planeta, en el cual estamos generando a cada segundo desecho y tenemos un vertedero que está lleno de desecho textil”. Su conciencia sobre el problema no surgió de estudios académicos, sino de una reflexión personal sobre su propio consumo.

Daniel Soto, dueño de Mui Chic. Créditos: J.V
Daniel trabajaba en un banco cuando decidió que quería ser su propio jefe. Amante de la moda, entendió que podía combinar su pasión con una visión más responsable. Así nació Mui Chic, una tienda que opera bajo los principios de reducir, reutilizar y reciclar. Su apuesta no es marginal, afirma que
“Básicamente le estamos dando segunda, tercera, hasta cuatro veces oportunidades una prenda”.
Daniel Soto, dueño de MUI CHIC
Cada extensión del ciclo de vida de una prenda es, en su lógica, un pequeño acto de resistencia contra el modelo del usar y tirar.



Tienda Mui Chic. Créditos: J.V
Generación en transición
Javiera Alvarado tiene 21 años y lleva casi siete comprando principalmente ropa de segunda mano. Su transición comenzó en la adolescencia, motivada por información sobre el impacto ecológico de la industria textil. “Cuando era chica, aproximadamente a los 13-14 años me informé mucho con respecto al tema ecológico y un poco de cómo mis acciones podían influir en el planeta”, recuerda. Incluso llegó a tener su propia tienda ecológica siendo adolescente.




Closet de Javiera Alvarado. Créditos: J.V
Su caso ilustra una tendencia emergente pero todavía minoritaria, jóvenes que asumen conscientemente un consumo alternativo antes incluso de tener independencia económica. Para Javiera, la moda sustentable no es una etiqueta de marketing sino un posicionamiento ético.
“Significa un poco de dejar la indiferencia atrás”.
Javiera Alvarado, estudiante universitaria.
Este marco ético transforma el acto de vestirse en algo más que estética. Se convierte en una declaración de valores, en un ejercicio de coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace. Javiera sostiene que la moda sustentable permite “ser mucho más original hacia uno mismo” porque no depende de las tendencias masivas sino de una construcción personal que integra creatividad, reutilización e incluso fabricación propia.
Sin embargo, este nivel de compromiso requiere recursos que no todos tienen. Tiempo para buscar en ferias y tiendas americanas, conocimiento sobre materiales y técnicas, acceso a redes de intercambio, capacidad de resistir la presión social del grupo de pares. Javiera lo logró, pero reconoce que es una excepción más que la norma en su generación.
El espacio intermedio
Isidora Sababa, también de 21 años, navega en un territorio intermedio. Compra fast fashion “a lo más una vez al mes o cada dos meses”, pero adquiere ropa de segunda mano “cada semana”. Su motivación no es principalmente ecológica sino estética:

“Me gusta mucho la originalidad de las prendas porque son cosas que ahora está volviendo la moda como un poco YK”.
Isidora Sababa, consumidora.
Foto retrato de Isidora Sababa. Créditos: J.V
Este pragmatismo representa quizás el camino más transitado: un consumo híbrido donde conviven compras en Shein con hallazgos en tiendas americanas, donde la sostenibilidad no es una creencia sino una opción entre otras. Isidora valora especialmente la diferencia de precio: “Una polera a 15 lucas precio normal en una tienda americana 4 lucas, 3 lucas, es como desorbitante”.
Su relación con las tiendas americanas es regular y específica. Tiene sus locales favoritos en Maipú y en el centro, cada uno con su propio estilo y oferta. Va variando, explorando, descubriendo. Este comportamiento contrasta con el consumo digital de fast fashion, donde la compra es impulsiva y mediada por algoritmos. En las tiendas americanas, el hallazgo requiere tiempo, paciencia, cierta habilidad para identificar calidad y estilo entre cientos de opciones.
Así como lo menciona Isidora, hoy en la ciudad de Concepción existen múltiples opciones para acceder a prendas sustentables. Su acceso se facilita gracias a las diversas opciones de tiendas americanas en la ciudad penquista, por ejemplo hay:
- MUI CHIC
- BerlinTexx
- El Closet de Venus
- REUSO
- Casa Trapera
Clase Ejecutiva UC (2024) documenta que el mercado de moda circular está creciendo entre 20% y 30% anual. Este crecimiento no se explica solo por conciencia ambiental sino por una confluencia de factores: búsqueda de originalidad, restricciones presupuestarias, influencia de referentes culturales que revalorizan lo vintage, e incluso cierta saturación de la uniformidad que produce el fast fashion.
Transformar lo existente

Melody Murillo es diseñadora de vestuario y ha encontrado en el upcycling su forma de ejercer la profesión con sentido.
“El upcycling es reciclaje, pero la transformación de una prenda en desuso”, define.
Melody Murillo, diseñadora de vestuario.
Foto retrato de Melody Murillo. Créditos: J.V
Su taller en Concepción funciona como laboratorio donde prendas descartadas renacen con nuevas formas, nuevos usos, nuevas historias.
Melody no se limita a reparar o ajustar. Interviene las prendas con pintura, las descompone, las reensambla, las transforma en algo que no existía antes. Cada pieza es única, irrepetible. En un mercado saturado de réplicas masivas, esta singularidad tiene valor. Pero también tiene un costo: tiempo, conocimiento técnico, creatividad sostenida.

Plano detalle de chaqueta diseñada por Melody. Créditos: J.V
El impacto del fast fashion lo resume en dos adjetivos:
“Negativo, nefasto”.
Melody Murillo, diseñadora de vestuario.
No hay duda en su diagnóstico. Ve diariamente las consecuencias con la ropa que se desintegra en pocas lavadas, diseños que copian sin pudor, consumidores que no valoran lo que compran porque saben que es desechable por diseño.
Las iniciativas individuales, por valiosas que sean, no bastan para transformar un sistema. Se requiere infraestructura, políticas públicas, regulación. El Ministerio del Medio Ambiente (2024) dio un paso significativo al declarar oficialmente a los textiles como “producto prioritario” bajo la Ley de Responsabilidad Extendida del Productor (REP).
Esta medida habilita el establecimiento de metas de recolección y valorización de residuos textiles. En términos concretos, significa que los productores deberán hacerse cargo del ciclo completo de vida de sus productos, incluyendo su disposición final. La Estrategia de Economía Circular para Textiles 2040, también del MMA, establece lineamientos de largo plazo para transformar radicalmente la gestión de estos materiales.
Pero estas soluciones técnicas operan en un contexto donde el fast fashion sigue siendo hegemónico. Pacto Global Chile (2024) documenta que el programa de moda circular de Paris ha recirculado más de 500 mil
prendas. La cifra parece impresionante hasta que se compara con el volumen total que estas mismas cadenas comercializan…apenas una fracción minúscula.
Pero otros países han ido más lejos, si comparamos sus legislaciones para enfrentar el consumismo y la contaminación, en contraste con el nuestro, la diferencia es abismal.
Construcción de futuro
En el Gran Concepción, la batalla entre el fast fashion y las alternativas sustentables se libra en múltiples frentes. En las vitrinas de los malls, donde las ofertas compiten por atención. En las redes sociales, donde influencers promocionan tanto Shein como tiendas americanas. En las conversaciones familiares sobre qué es importante al momento de vestirse. En las aulas universitarias donde se forman futuros diseñadores.
Las próximas décadas serán decisivas. Chile ha dado pasos con la Ley REP y la estrategia 2040. Pero el marco normativo es solo el comienzo. Se necesita inversión en infraestructura, educación masiva, cambio cultural profundo. Se necesita que alternativas como Mui Chic se multipliquen, que técnicas como el upcycling de Melody se masifiquen, que trayectorias como la de Javiera dejen de ser.
La ciudad puede ser el pionero de esa transición. tiene escala suficiente para experimentar, pero no tan grande como para hacer imposibles los cambios. Tiene universidades que pueden generar conocimiento aplicado. Tiene una sociedad civil activa que puede presionar por regulaciones. Tiene jóvenes dispuestos a hacer las cosas diferente, tales como los mencionados en este reportaje:
Isidora seguirá comprando en tiendas americanas cada semana, encontrando esas “joyitas vintage” que le dan originalidad a su estilo. Beatriz quizás lentamente reducirá su dependencia del fast fashion conforme encuentre alternativas accesibles. Daniel continuará dando segundas oportunidades a las prendas desde su tienda del centro. Melody transformará más ropa descartada en piezas únicas.
Y en las vitrinas del mall, las colecciones seguirán rotando cada semana. Porque el sistema no cambia de un día para otro. Cambia lento, con resistencias, con contradicciones, con avances y retrocesos. Pero cambia. Y en ese cambio gradual pero inevitable, cada decisión de compra, cada prenda que se rescata, cada conversación sobre el tema, cada estudiante que aprende sobre moda circular, es un pequeño empujón hacia el futuro que necesitamos construir.
En las calles de Concepción, entre el brillo de las vitrinas y el desorden creativo de las ferias, se define silenciosamente qué tipo de relación queremos tener con algo tan simple y complejo como la ropa que vestimos cada día.











