Recluidas voluntariamente al anochecer, muchas de las habitantes de la región prefieren no salir de sus hogares y mantenerse seguras, un comportamiento que para muchas resultaría algo casi de sentido común. Pero no lo es, es una conducta que adopta la mayoría de las mujeres que han sido víctimas de algún tipo de violencia de género. Y es que, según un estudio de la Fundación Antonia, el 70% de las jóvenes y adultas de la región del Biobío admiten haber sufrido algún tipo de violencia de género en la calle

Salir de fiesta, viajar, hacer deportes en el cerro o esperar la micro al anochecer, son actividades de esparcimiento individual que para las mujeres parecen ser solo para las valientes. Acciones cotidianas que se vuelven de peligro debido al miedo que sienten de ser insultadas, acosadas o atacadas en dichos espacios públicos.
Y este miedo no es una percepción aislada, sino una experiencia compartida de muchas. Esto se evidencia en la encuesta de la Fundación Antonia, #TUVOZIMPORTA del 2024, donde al preguntar a mujeres de la región los lugares donde han sufrido violencia de género, la calle (70%) y el transporte público (59%) son los principales sitios mencionados.
Dicha encuesta explicó a las entrevistadas las diferentes formas en las se ejerce violencia de género, ya que, pese a vivir esas experiencias la mayoría no las identifica como tal. Y es que debemos entender la violencia de género como un conjunto de acciones y estructuras que perpetúan la desigualdad y el daño hacia las mujeres, y en este caso específico, acciones como el acoso verbal, silbidos desde vehículos o transeúntes, seguimientos, tocamientos no consensuados y miradas lascivas entran en la categoría de violencia de género en espacios públicos.
El miedo transforma la rutina
Y es que el problema no es pasear con personas, es salir solas. Así lo detalla María Silva Inzunza, joven estudiante de Ingeniería en Construcción, que comparte su terror de salir del departamento después de las 7 de la tarde: “es complicado, si me junto con amigos tiene que ser antes de las 5, porque después de eso yo corro a mi departamento, prefiero andar en grupo, me da miedo andar sola en la calle o sola con una amiga”, explica.
Este miedo constante que tiene María no es aislado, según este mismo estudio de la fundación Antonia, en la región del Biobío, 8 de cada 10 mujeres sienten miedo de salir a la calle cuando anochece. Si bien podría ser producto de muchos otros factores, el principal para María es concretamente la violencia de género que ha sufrido a lo largo de su vida.
Tiene los recuerdos en su memoria, y no teme contarlos, porque asegura ser una mujer que se hace más fuerte de sus adversidades. Pero el efecto que dejaron estas experiencias en su vida no los puede minimizar.
Explica uno de los momentos más traumáticos de su vida, María fue atacada a los 20 años por un desconocido, entrenaba para ingresar a una institución la cual prefiere no dar el nombre, debido a que tuvo que dejarla por recibir acoso por parte de sus compañeros masculinos. Mientras realizaba su recorrido matutino, un sujeto la empujó contra los matorrales, “el tipo de la nada me alcanzó y me atacó, me tiró como hacia unas zarzas y, yo lo cuanto ahora como si nada, pero, son años de repasar la misma historia.”, recuerda.
Dice que tuvo suerte, ya que un joven la ayudó a quitárselo de encima, y cuando finalmente llegó la policía para retenerlo, al revisar sus cosas se descubrió algo peor, “tenía como una cuerda y entre otras cosas extrañas un cuaderno donde salía todo lo que yo hacía en la semana, y todo lo que me quería hacer. O sea, el tipo me tenía vigilada y me quería matar”. Después de este acontecimiento, nada volvió a ser igual.
María evita tomar el transporte público por sentir miedo de esperar en el paradero, por lo que esto suma una carga económica para ella, ya que prefiere pagar a un conocido o a un Uber para que la deje en su departamento.
Y aun así no se siente segura, “ahora tuve un problema con la pareja de quien me venía a dejar, entonces volví al Uber y me da mucho miedo. Trato de irme hablando con un amigo o alguien durante el viaje”, agregó.
Y este comportamiento parece ser parte de una tradición moderna. Se han vuelto comunes las frases como “llama cuando llegues”, “anota la patente del Uber”, “no salgas muy de noche” o las llamadas con conocidos durante todo el trayecto, acciones que demuestran el constante temor que sufren las mujeres de no llegar a sus destinos.
Conductas que se ven respaldadas con las cifras, y es que en la Encuesta Nacional Urbana de seguridad ciudadana del 2023, se evidencia que las mujeres suelen ser las principales víctimas de acoso, teniendo un 15,9% en comparación con los hombres, con un 3,2%. Y al momento de leer a qué tipo de comportamientos se refiere el Instituto Nacional de Estadística (INE) con “victimización por acoso” en el estudio, este se refiere a conductas como gestos, comentarios y comportamientos inapropiados, como miradas lascivas, tocamientos no deseados, seguimientos por la calle, mensajes o llamadas de carácter sexual, proposiciones no deseadas.
El acoso diario
Pero para muchas estas conductas pasan inadvertidas, no porque no molesten, sino porque se vuelven parte del diario vivir, como es el caso de Isidora Cabezas Inzunza.
Siendo estudiante de ingeniería comercial en los Ángeles, Isidora camina todos los días desde la universidad a su casa, un ejercicio casi mecánico. Dice no recibir violencia de género en lo que va del mes, pero al explicarle que el acoso callejero es parte de estas violencias ella cambia su respuesta.
Y es que para ella ese tipo de actitudes con connotación de acoso son cotidianas en el camino que recorre hacia su hogar, “sí, tienes razón. Lo que me pasa siempre es que, de la U, me vengo caminando a mi casa y me silban los autos. Bueno, al no ser físico, o más directo, por eso siento que lo ignoré”, explica.
Si bien reconoce este tipo de comportamientos como molestos, Isidora recuerda otras experiencias que de verdad la volvieron insegura al momento de salir de su hogar. Como la vez que saliendo de una clínica con su madre un individuo comenzó a seguirlas por la calle.
Comparte también una situación de cuando tenía entre 14 o 15 años, un sujeto chocó con ella, rozando su área genital, si bien en un principio pensó que pudo ser una coincidencia, la respuesta del contrario la dejó con inquietudes, “según yo sí fue intencional, porque cuando me di vuelta para ver, el tipo se dio la vuelta también y sonrió”, detalla.
Y es que 6 de cada 10 mujeres de la región del Biobío reconocen que su cuerpo fue tocado por un conocido o desconocido sin su consentimiento, como sucedió con Isidora, quien, a pesar de los años, sigue con la inquietud de que no fue un actuar sin intención perversa.
Sin conocerse en absoluto, Isidora comparte el miedo de María a la hora de esperar la locomoción en los paraderos, dice encontrar compañía en llamadas con amigos, quizás buscando evidenciar a un posible atacante que no se encuentra completamente sola. Y cuando al fin se siente segura, cuelga esa llamada y vuelve a lo suyo, ya que no es una llamada por gusto, si no por necesidad.
Al igual que María, Isidora no tiene miedo a la hora como tal, a ella le da inseguridad el estar sola en este tipo de lugares “horarios como desde las 10 hasta como las 12, que los paraderos están más vacíos, ya que en la mañana hay harta gente, no me pasa tanto, pero a la hora en que están más vacíos, me siento temerosa”, asegura.
Pero como muchas, tienen un plan pensado. Isidora no cree poder ganar en un enfrentamiento físico contra un atacante, por lo que, diligentemente lleva consigo una botella de agua, con la que ha pensado que, de llegar a ocurrir esa situación, poder defenderse con ella.
En cambio, María Silva Inzunza no podría defenderse. Explica que luego de sus experiencias recibiendo violencia de género perdió su seguridad, por lo que al enfrentase a ellas el miedo la paraliza, “ni siquiera soy capaz de ponerme agresiva, me pongo a tiritar, me da ansiedad, empiezo a llorar si ya es mucho”, agregó.
Posibles soluciones
Es evidente que la reacción de la mayoría de las mujeres tras vivir violencia de género es evitar de salir a la calle, somatizar y sentir miedo de estos lugares. Así lo enfatiza Cecilia Bocaz en el artículo de la fundación Antonia, donde luego de dar a conocer los resultados de la encuesta #TUVOZIMPORTA, entregaron 32 estrategias de abordaje de la violencia de género en la Región del Biobío.
Y dentro de estas estrategias esta una de las ideas de María, quien sin conocimientos sobre dicho estudio planteo la necesidad de un equipo especializado para atender temas de violencia de género en espacios públicos “un grupo de seguridad especializada en acoso, que si el tipo te está siguiendo puedas pedir ayuda ahí”.
La concejala de la Municipalidad de Concepción, Claudia Arriagada Parra, activista feminista y ambientalista enfatiza la falta de fiscalización respecto a este tipo de violencias de género, “por ejemplo, existe una ley de acoso, existen ordenanzas, existe normativa hoy día que es insuficiente, ¿por qué? Porque no hay fiscalización, lamentablemente.”, agrega.
Claudia advierte que existen puntos críticos de inseguridad en la ciudad. Entre ellos, menciona la falta de iluminación en calles como Paicaví y Maipú, así como los paraderos cercanos a las universidades, que también representan focos de riesgo para las mujeres, “como el sector de la Santo Tomás, por ejemplo, que también hace poquito hubo un episodio bastante complicado ahí con un casi secuestro.” Detalla.
Al consultar si es que existe como tal una oficina que se encargue de prestar auxilio en casos como una persecución o el sufrir alguna clase de acoso en la calle, ella explica que de prestar ayuda en casos de violencia de género se debería acudir al SernaMeg, pero que este tiene un enfoque diferente, por lo que no serviría de mucho acudir a él.
“Y, efectivamente no hay una oficina, SernaMeg tiene oficinas que tienen relación con violencia extrema.
Entonces es complejo, porque la oficina de la mujer de la Municipalidad de Concepción tiene otro enfoque, no tiene enfoque en atender la violencia, sino de hacer talleres, de fortalecer otras áreas, pero no de esto propiamente tal.”, explica Claudia.
Pero aun cuando se conoce el problema, se han hecho los estudios necesarios y existen leyes que deberían respaldar a las ciudadanas en este tipo de casos, el sentimiento de inseguridad no disminuye.
Y es como dice María Silva, es algo que va más allá de lo que se desea evitar, solo hace falta que un individuo realice una de las acciones mencionadas con anterioridad para que se genere este miedo, “el simple hecho de ser mujer te da puntos menos al sentir seguridad, repito, en todo tipo de lugares”, finaliza María.
En cuanto a lo que se puede hacer por el momento, Claudia Arriagada hace un llamado a la comunidad para que se involucre cuando se vean acciones como tocamientos indeseados, gritos por la calle, a que se esté atento a este tipo de comportamientos y, claramente, ayudar a las víctimas de esto.
“Yo sé que hay miedo que a veces la mujer incluso reacciona a favor de sus agresores, pero aun así hay que involucrarse más. Es la única manera de enfrentar estos tipos.”, concluye La concejala.
Mientras las cifras sigan reflejando el temor que sienten las mujeres, producto de sus experiencias de violencia de género en espacios públicos, el problema seguirá existiendo. Porque no se trata de cambiar las rutinas, sino de transformar esos espacios y cuestionar las miradas y actitudes que permiten esta violencia.
Ser activos frente a estos cambios, ayudar cuando se pueda. Hasta que eso no ocurra, muchas seguirán optando por la única forma de protección que conocen: estar alertas, vivir con miedo.










